Aromas de la memoria.

Recuerdo los aromas de Muñiz, antes que nos cambiaran los límites.

Muñiz era una parte importante de San Miguel. Estaba pegadito al barrio Balzaretti, entre la Ruta 8 y la avenida Gaspar Campos, al sur  de la estación Muñiz del FFCC San Martín, ese que alguna vez comunicaba Buenos Aires con Mendoza. Este ferrocarril,  tenía tantas redes para unir  pequeños pueblos de campaña, que parecía una tela de arañas.

Pero los destinos políticos hicieron que Muñiz quedara ahora, solo a la parte que está al sur de las vías. Y los nuevos límites cambiaron esos aromas de la infancia en aroma a cemento

En  ese entonces, cuando las fantasías de los cuentos se confundían con las realidades de los juegos podíamos pasearnos a cualquier hora por todos lados.

El barrio fue creciendo, alrededor del Convento de las Hnas. Pobres Bonaerenses de San José, que había sido donado por León Gallardo, y que diera nombre a la principal avenida, con boulevard, donde se jugaban “picaditos” a la salida de la escuela …  y los aromas comenzaron  a tener fechas.

Mi primer recuerdo es de los primeros días en que comenzaban a alargarse las horas de sol y a entibiarse el aire

Las plantas hacían fuerza para brotar y expulsaban como con un cañón sus aromas a verde fresco, las rosas, los geranios, los últimos pensamientos, las tiernas violetas, las arvejillas de los cercos de alambre,… porque en esa época no había paredones… y las bulbosas: venían saliendo de a poco, amarilis, lirios,   gladiolos, dalias.

En noviembre, sin falta, floreaban  las jacarandaes. Todos azules, algunos más violetas,… y las veredas se llenaban  de flores que caían como lluvia.  Más tarde, en el verano, nos daban esa sombra fresca que nos permitía descansar de nuestras careras y juegos. Donde los zorzales y calandrias nos  disputaban un lugar.

Los tilos, embriagaban con su perfume y muchos se apresuraban a recoger las flores, para hacer infusión para  “los nervios”… porque se acercaba fin de año.

Las campanillas azules en los alambrados que hacían de vallas se confundían con las retamas  y madreselvas, de las que bebíamos su néctar.

Las florecitas de los paraísos volaban alrededor nuestro y caían como una lluvia de color lila.

Horas y horas de bicicleta, haciendo piruetas, con más de un moretón, tan azul como las campanillas.

Las señoras competían por quienes tenían las flores más grandes y se llenaban los floreros de ramos de aromo, calas, geranios y narcisos; mientras las fresias, los junquillos coloreaban los jardines. Todas nacidas en las propias casas. Las florerías casi no existían, eran cosas de “la Capital” o solo se las contrataba para  los velatorios.

Todos los aromas se mezclaban en una sinfonía que solo puedo recordar, nunca volví a sentirla.

Me acuerdo que con los lirios nuestras madres hacían intercambio, los amarillos por los violetas y los blancos. Algunos morados, otros más azules o más naranjas,  y una mezcla sin fin de colores.

Los bulbos de  gladiolos se ponían al final del invierno para que floreciera justo en primavera.

Las dalias eran un criadero de caracoles y los amigos franceses venían a cosecharlos para degustar de un buenescargots”. En esa época, no los matábamos, solo los sacábamos de las plantas o los alejábamos con la ceniza de los asados

Apenas se asomaba el verano, se empezaban a sentir los aromas de los jazmines que blanqueaban las puertas de la mayoría de las casas.

Las rosas empezaban a inundar todo con aroma a té..

Las azucenas se reservaban para La Virgen María y el 8 de diciembre, todos los altares de Iglesias y capillas estaban llenos de ellas.

Las lluvias de verano dejaban un intenso olor a tierra mojada y a aire limpio. Nos gustaba jugar con el agua que se deslizaba por los cordones de las veredas y no nos enfermábamos!

Después,… a escuchar el croar de ranas y sapos y tratar de criar los renacuajos, que siempre desaparecían. No sabíamos si era porque habían crecido y partido o porque los adultos los habían tirado al agua.

Los ligustros, que hacían las veces de paredes, se llenaban de flores y aromas característicos y de nidos de gorriones, chingolos y ratoncitas, que compartían ese espacio como si fuera una casa de inquilinato.

En los terrenos baldíos se criaban frutos rojos silvestres, moras, frutillas, frambuesas, generalmente muy ácidas, pero igualmente deliciosas de juntar y colorearnos la cara de rojos intensos. Nos sentíamos aventureros de los cuentos de la colección Robin Hood, o de Julio Verne. Y hacíamos expediciones a los matorrales para traernos las frutas como trofeos.

Por la noche cazábamos luciérnagas que colocábamos en un frasco, a modo de lámpara,  pero siempre antes de irnos a dormir las soltábamos, para volver a agarrarlas al otro día.

Con las mariposas era todo un tema. Estaban los que rompían ramas de paraísos y las cazaban dejándolas muertas en cualquier lado, y los que corríamos a los cazadores con esas mismas ramas de paraíso, a modo de superhéroes de historieta para que dejaran de hacerlo.

Ahora,  es raro ver alguna que otra mariposa y me entran emociones de alegría por verlas nuevamente  y tristeza por saber que cada día quedan menos

Cuando se acercaba la Navidad, hacían su aparición las gardenias (jazmín del cabo) que inundaban los sentidos predisponiéndonos a festejar las fiestas.

Aunque no tenían aroma, el verano traía a todas las casas, las portulacas (flores de seda), zinnias (flores de papel), y los infaltables rayitos de sol. De todas las variedades y colores.

Las glicinas se retaban las pérgolas con las parras y se confundían los aromas entre dulces y agrios.

Las plantas aromáticas no nos dejaban diferenciarlas, porque todas florecían juntas y los aromas se mezclaban en una danza de perfumes exóticos.

Los naranjos amargos plantados en las veredas del Barrio Balzaretti, llenaban el aire con aroma a azahares en todos los rincones y  nos transportaban hasta bien entrada la noche.

Noches serenas, donde los más ancianos se sentaban a “tomar fresco”, contar anécdotas, de sus años más jóvenes y sacar algún chismecito como para que el barrio no se atrasara en noticias. 

En el otoño estallaban las rosas tardías y volvíamos  sentir el aroma de té de la primavera.

Nuevamente empezábamos las expediciones por el barrio para conseguir ramas de olivos para el Domingo de Ramos. Más de uno terminábamos con raspones, cortaduras o astillas clavadas, como condecoraciones por haber logrado el objetivo. Pero,  más que un poco de jabón, cepillo y merthiolate  sacaba todo lo indeseable que pudiera empañar la batalla.

En el invierno era frecuente sentir el aroma de los eucaliptos, que salían de las vasijas llenas de agua, con sus hojas puestas sobre las salamandras o las estufas de kerosén, para prevenir las bronquitis y los resfríos. 

Los  pensamientos en las macetas, se cuidaban con mucho celo, para que pudieran soportar el verano y tener otra temporada.

En junio y siempre antes del 24 se podaban los árboles y entonces despedían sus aromas a resinas y aromáticos. Y el 24, día de San Juan, se encendían las hogueras. Al principio en cada cuadra de tierra. A medida que iban construyendo las calles de cemento, se juntaban y se hacían cada vez más grandes. Todos colaboraban juntando las ramas, algunos traían kerosén y cuando solo quedaban las brasas los chicos cocinábamos batatas. Siempre por precaución, los adultos terminaban apagando las brasas con baldazos de agua. Y todos a las duchas, porque quedábamos grises con las cenizas!!!

Después, venía la temporada de lluvias, así que ya no había aromas en la calle, solo los del interior de las casas, inconfundibles,  porque tenían el aroma de los propietarios.

Como el barrio estaba formado, en su mayoría por empleados públicos, del banco, docentes, correo, ferrocarril y ejército, los aromas eran los perfumes de las lociones para después de afeitar o los perfumes femeninos. Era muy raro que las mamás que no trabajaban usaran perfume durante la semana, solo los domingos o para alguna fiesta.

¡Y los aromas de las cocinas! Salíamos de la escuela y ya sentíamos los aromas de las comidas que se preparaban desde temprano.

Empezábamos a prepararnos para recibir el frío, con abundantes platos de sopas caseras, espesas y consistentes; uno sabía que con un plato de esos duraba todo un día, pero era poco para las mamás y nos servían churrascos con puré o milanesas con papas fritas.

Los  tucos de recetas ancestrales, que  se filtraban por las ventanas de las cocinas, nos hacían “agua la boca” y competían en una misma cuadra.

Los lunes de invierno ¡puchero! ¡y, qué puchero!

Hervía desde temprano para que la carne se deshiciera en la boca, no le faltaba nada. Osobuco o rabo y verdurita: cebolla de verdeo, puerro, perejil, apio, espinaca, o acelga, zanahoria, zapallo, batata, papa. Si había, garbanzos, porotos, todo en una sola olla, increíble! Una buena espumada sacaba todo lo feo y dejaba un caldo que de tanto estacionarse se concentraban los sabores y aromas y se ponía espeso.

Pero eso no alcanzaba, así que le agregaban fideos, municiones, dedalitos, caracolitos, ave marías, etc.

No se porque, pero se hacía como para que el caldo durara toda la semana.

Así que el primer día era sopa con puchero, el segundo sopa con lo que había quedado del puchero, lo llamábamos “ropa vieja”, se cortaba chiquito y se hacía una ensalada, con mostaza, mayonesa, etc

A mitad de semana siempre había un guiso,… porotos,… garbanzos,… lentejas, con chorizo, panceta, o mondongo, dependiendo de la receta de la abuela. Nadie estaba gordo!

Los viernes, generalmente pescados, si era invierno, paella con todo lo que se podía poner, pollo, conejo (que se criaban en casa) .

Y así todos los días de invierno. Seguro que los chicos no pasábamos frío.

Los sábados era costumbre las milanesas con papas fritas o puré de papas,… no había problemas de colesterol, diabetes o alta presión!.

A la noche pizza y para los adultos con cerveza.  La pizza que quedaba se desayunaba el  domingo a la mañana.

Los domingos, infaltable, en la mayoría de las casas, “el asado”. Todo el barrio se llenaba de humo, y de paso se espantaban los mosquitos.

Si no, se turnaba con pastas,… ravioles, fideos, ñoquis, un buen estofado, que si quedaba se comía a la noche como sándwich. 

Así que el tuco, se ponía, como el puchero, a las diez de la mañana, para que largara todo su jugo, e impregnaba el barrio, compitiendo con el aroma de los leños del asado,  y uno podía decir a quien le tocaba asado o estofado. Generalmente, en las casas donde vivían las personas mayores había pastas y en las casas donde estaban las familias más jóvenes había asado. 

La merienda!!! El aroma a chocolate caliente con vainillas o solo un pedazo de pan duro que remojábamos en el chocolate.

A veces en lugar de chocolate se hacía “cascarilla”, que era el residuo de la cáscara del cacao, a nosotros nos sabía igual.

O, café con leche y scones, pepas o galletitas de avena que preparaban las mamás

Todos dejábamos de jugar, en la casa de quien fuera y entrábamos en esa casa a tomar la merienda. La cuadra  era una gran casa de conventillo,  con la calle como  patio de juegos.

A la noche bien abrigados y si habíamos comido bien al mediodía, una buena taza de café con leche nos llevaba a la cama bien calentitos.

Con el calor de los braseros o estufas de kerosén que habiendo calentado el ambiente, se apagaban por seguridad, quedaba el aroma a leños y el ruidito del crepitar de las cenizas.

 El tiempo, tirano, ha hecho que los aromas cambian; también las casas, fueron reemplazadas por edificios. Los vecinos cambiaron: los mayores partieron a una vida mejor; los chicos, en su mayoría se casaron y se fueron del barrio. Pero llegaron nuevas familias con nuevos chicos y las costumbres cambiaron;  ambos padres trabajan  y  ya casi no se siente el aroma de la comida preparándose desde temprano.

Los jardines ya no son cuidados con tanto esmero,… no hay tiempo.

Solo quedan pocos árboles, un tilo, un jacarandá, algunos paraísos. Ahora han aparecido arbustos exóticos, sin aromas: ficus, bambú sagrados, etc. O plantas crasas, que no requieran mucho cuidado, … no hay tiempo.

Sin embargo, el tiempo, deberíamos ponerlo nosotros, es cuestión de hacerlo y dedicarse un rato a generar aromas, que queden en el recuerdo, cuando lleguemos a mayores.

María Teresita Engel 

5 thoughts on “Aromas de la memoria.

  1. SINCERAMENTE TE FELICITO MARIA TERESITA, ME TRANSPORTE CON VOS EN EL TIEMPO Y RECORDE MUCHAS EXPERIENCIAS VIVIDAS.,CON MIS ABUELOS DE PUERTA 4 Y CON MIS PADRES, TIOS ,Y HERMANO DE LA CALLE PARDO.CUANTA RAZON TENES CUANDO DECIS LAS DIFERENCIAS DE AQUELLOS TIEMPOS A LOS ACTUALES.,LA MODERNIDAD CADA DIA NOS SUPERA UN POCO MAS ,PERO EL TIEMPO VIVIDO POR NOSOTROS ES Y SERA INOLVIDABLE. GRACIAS

  2. que bello relato,me transportó, pude inclusive oler las fragancias, me invadieron los recuerdos y la nostalgia en esta mañanita lluviosa. muchas gracias Maria Teresita y gracias @san miguel en fotos

  3. Terecita ! Algunos cambios son positivos como el uso del Face! Y nos reencontramos despues de decadas! I nteligente observadora y sensible como siempre. En total acuerdo de los cambios de nuestra amada tierra chica. En octubre cumplo los 60, y jamas vivi fuera de este, mi querido terruno que me vio nacer y crecer y servirle. Un gran chuick y gracias por tu hermosa descripcion.

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